Mabon y el Equinoccio de Otoño

Un tiempo de gratitud y equilibrio

El equinoccio de otoño marca uno de los momentos más especiales del año: el instante en el que el día y la noche duran lo mismo. Luz y oscuridad se miran de frente y nos invitan a reflexionar sobre nuestro propio equilibrio interior.

En la tradición pagana y wiccana, este momento se celebra como Mabon, la segunda fiesta de la cosecha. Es tiempo de agradecer lo que hemos recogido —no solo en el campo, sino también en nuestra vida— y de prepararnos para los meses más fríos, en los que la oscuridad irá creciendo poco a poco.

Mabon nos habla de gratitud, de pausa, de hacer balance. Es un recordatorio de que cada ciclo tiene su propósito: lo que floreció en primavera, lo que maduró en verano, ahora se guarda y transforma en semilla para el futuro.

Energía de Mabon

  • Equilibrio: reconocer tanto la luz como la sombra en nosotros mismos.
  • Gratitud: agradecer lo que recibimos y lo que soltamos.
  • Cierre de ciclo: preparar el corazón para la introspección del invierno.

Ritual sencillo para celebrar Mabon

Este ritual está pensado para hacerse en casa, de forma íntima y cercana, con lo que tengas a mano.

Necesitarás:

  • Una vela (mejor en tonos naranjas, rojos o dorados).
  • Una fruta de temporada (manzana, uva, granada o pera).
  • Un papel y un bolígrafo.

Paso a paso:

  1. Prepara el espacio. Enciende la vela y siéntate frente a ella. Respira profundamente tres veces.
  2. Escribe tu gratitud. En el papel, anota aquello que agradeces de este ciclo que termina: logros, aprendizajes, personas, momentos.
  3. Ofrece la fruta. Toma la fruta con tus manos y visualiza que simboliza toda la abundancia que te rodea.
  4. Palabras de gratitud. En voz alta o en tu interior, di:
    “Honro la luz y la oscuridad. Agradezco lo recibido y confío en lo que vendrá.”
  5. Comparte o disfruta. Come la fruta como acto de integración de esa abundancia. Si lo prefieres, puedes dejar una parte en la naturaleza como ofrenda.
  6. Guarda el papel de gratitud en un lugar especial, o quémalo con cuidado dejando que el humo lleve tus palabras al universo.

Reflexión final: En Mabon recordamos que la magia no siempre está en lo nuevo, sino en reconocer y valorar lo que ya tenemos. Que este equinoccio te traiga equilibrio y serenidad.

El caimán de la Fuensanta.

Cuento popular cordobés

Hace muchos, muchísimos años, cuando Córdoba aún era una ciudad de calles polvorientas y agua fresca corriendo por los arroyos, sucedió algo que nadie habría creído… si no fuera porque todo el barrio aún lo recuerda.

En la zona de la Fuensanta, donde la gente iba a llenar cántaros de la fuente milagrosa y rezar en la ermita, comenzaron a desaparecer animales: gallinas, cabras, incluso algún que otro perro pastor. Al principio, los vecinos pensaron que serían ladrones o lobos hambrientos. Pero una mañana, una niña volvió corriendo a casa gritando que había visto un monstruo con escamas, ojos como brasas y una cola que barría la tierra como un látigo.

—¡Es el demonio! —decían algunos.

—¡No! ¡Es un dragón venido del río! —susurraban otros.

El miedo se instaló en el barrio. Nadie se atrevía a acercarse al arroyo, ni siquiera los pastores más curtidos. Hasta que un día, el mismísimo alcalde pidió ayuda al único que no conocía el miedo: don Fernán Ruiz de Córdoba, un caballero valeroso y algo terco, que había luchado en mil batallas y no se dejaba asustar por cuentos de viejas.

Con su armadura ligera, una lanza en la mano y fe en la Virgen de la Fuensanta, Fernán se internó en el arroyo al amanecer.

El silencio era espeso como la niebla, hasta que el agua se agitó y una bestia enorme emergió entre los juncos, con las fauces abiertas, la lengua babeante y los ojos encendidos. ¡Un caimán! Una criatura traída de tierras lejanas, tal vez desde las Américas por un barco mercante, y que había encontrado su hogar en el arroyo cordobés.

El caballero no dudó: cargó con su lanza, esquivó la cola de la bestia, y en un momento justo —ni antes ni después— la clavó entre sus escamas. El monstruo cayó muerto, con un rugido final que retumbó por todo el barrio.

El pueblo entero bajó hasta la fuente. Cantaron, lloraron y agradecieron el milagro. El caballero donó el cuerpo del caimán a la ermita de la Fuensanta, donde fue colgado del techo como trofeo y advertencia: aquí, en Córdoba, hasta los monstruos extranjeros aprenden a temer.

Desde entonces se encuentra expuesto al público en su patio.