Cuento popular cordobés
Hace muchos, muchísimos años, cuando Córdoba aún era una ciudad de calles polvorientas y agua fresca corriendo por los arroyos, sucedió algo que nadie habría creído… si no fuera porque todo el barrio aún lo recuerda.
En la zona de la Fuensanta, donde la gente iba a llenar cántaros de la fuente milagrosa y rezar en la ermita, comenzaron a desaparecer animales: gallinas, cabras, incluso algún que otro perro pastor. Al principio, los vecinos pensaron que serían ladrones o lobos hambrientos. Pero una mañana, una niña volvió corriendo a casa gritando que había visto un monstruo con escamas, ojos como brasas y una cola que barría la tierra como un látigo.
—¡Es el demonio! —decían algunos.
—¡No! ¡Es un dragón venido del río! —susurraban otros.
El miedo se instaló en el barrio. Nadie se atrevía a acercarse al arroyo, ni siquiera los pastores más curtidos. Hasta que un día, el mismísimo alcalde pidió ayuda al único que no conocía el miedo: don Fernán Ruiz de Córdoba, un caballero valeroso y algo terco, que había luchado en mil batallas y no se dejaba asustar por cuentos de viejas.
Con su armadura ligera, una lanza en la mano y fe en la Virgen de la Fuensanta, Fernán se internó en el arroyo al amanecer.
El silencio era espeso como la niebla, hasta que el agua se agitó y una bestia enorme emergió entre los juncos, con las fauces abiertas, la lengua babeante y los ojos encendidos. ¡Un caimán! Una criatura traída de tierras lejanas, tal vez desde las Américas por un barco mercante, y que había encontrado su hogar en el arroyo cordobés.
El caballero no dudó: cargó con su lanza, esquivó la cola de la bestia, y en un momento justo —ni antes ni después— la clavó entre sus escamas. El monstruo cayó muerto, con un rugido final que retumbó por todo el barrio.
El pueblo entero bajó hasta la fuente. Cantaron, lloraron y agradecieron el milagro. El caballero donó el cuerpo del caimán a la ermita de la Fuensanta, donde fue colgado del techo como trofeo y advertencia: aquí, en Córdoba, hasta los monstruos extranjeros aprenden a temer.
Desde entonces se encuentra expuesto al público en su patio.



